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Ana Signes: Comer más rápido nos hace obesos

Ana Signes: Comer más rápido nos hace obesos

Crear un ambiente tranquilo, no saltarse comidas o masticar bien son algunas pautas a seguir que conocemos con nuestra nutricionista y coach de Teulada

Nuestro comportamiento ante la comida y los hábitos alimentarios se adquieren en la infancia, copiamos lo que nuestros padres hacen, o por las circunstancias vividas vamos adquiriendo esos hábitos que iremos reproduciendo a lo largo de nuestra vida.

En muchas ocasiones cuando tenemos problemas de salud relacionados con nuestra alimentación, como alteraciones gastrointestinales, digestiones pesadas, sobrepeso, obesidad,… tiene relación directa con nuestros comportamientos alimentarios.

El hábito que la mayoría de la población practica es comer deprisa. Si adoptamos este comportamiento, comer como si estuviéramos participando en un concurso que hay que quedar en primer lugar, además de no masticar bien estaremos comiendo grandes cantidades de comida sin ser conscientes y permitiendo que nuestro estómago actúe de boca y estómago.

Para sentirnos saciados actuaran los mecanismos de regulación del apetito en el cerebro. Si nosotros comemos más rápido que puedan actuar dichos mecanismos dejaremos de comer cuando esa sensación de saciedad esté dada por la sensación de plenitud, cuando nuestro estómago está lleno.

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Se sabe que pueden existir anomalías en los sistemas que le indican al cerebro cuándo hay que dejar de comer pudiendo ser en parte responsables de algunos casos de obesidad. Cuando comemos, una de las primeras señales de saciedad es la digestión gástrica. Esta señal es transmitida por el sistema nervioso vegetativo hasta el hipotálamo, centro regulador que se encuentra en el cerebro.

El apetito, como la mayoría de los procesos del organismo, también está regulado por hormonas. Las hormonas implicadas en este proceso son la insulina, principal indicador de hambre o saciedad, la leptina, que se produce en el tejido adiposo y tiene propiedades supresoras del hambre, la grelina, conocida como “La hormona del hambre” por su función opuesta, aumentar el apetito, la colecistikinina, hormona secretada por células duodenales en respuesta a la presencia de alimentos, actúa inhibiendo el vaciado gástrico, lo que contribuye a tener sensación de estar lleno. Más recientemente se ha descubierto la obestatina, que también regula el peso y la ingesta de alimentos, y la oxintomodulina, secretada por células de la mucosa del estómago y que actúa suprimiendo el apetito.

Además de la implicación de las hormonas en este proceso de la sensación de saciedad también parece estar implicados nuestra genética y el sistema nervioso, jugando un papel importante en la regulación del apetito. En el hipotálamo se encuentra el centro del hambre y la saciedad, actuando dichas hormonas sobre estos núcleos.

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Es indudable que nuestra sociedad está cambiando los hábitos alimentarios. Tenemos a nuestra disposición gran cantidad de comida, muy elaborada y de fácil preparación. Disponemos de poco tiempo y cada vez hay menos familias que comen juntas y más niños que lo hacen solos o delante del televisor. Actualmente se hace más énfasis en la importancia de los hábitos alimentarios como una de las claves en la epidemia de la obesidad, remarcando la importancia de trabajar para fomentar una alimentación saludable, como comer de forma lenta mediante raciones adecuadas y en la familia.

Depende de nosotros el modificar hábitos que a largo plazo puedan implicar un deterioro en nuestra salud. Podemos actuar individualmente o adquiriendo el compromiso de transmitir a nuestros pequeños unos hábitos alimentarios de calidad para evitarles problemas mayores en su edad adulta. Podemos modificarlos conscientemente adquiriendo poco a poco pautas saludables, como por ejemplo, no saltarse las comidas y hacer un pequeño tentempié a media mañana y media tarde para evitar llegar a la mesa con mucha hambre. También es importante crear un ambiente tranquilo, sin distracciones como la televisión; masticar los alimentos de manera consciente, ser conscientes de las veces que masticamos normalmente y doblar su número en el siguiente bocado. Tenemos que analizar lo que tenemos en el plato antes de empezar a comer; registrar la información del sabor del alimento que estamos masticando en el cerebro; volver a llenar la cuchara cuando ya no hay comida en nuestra boca

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Probablemente, el comer rápido es un hábito adquirido en la infancia que puede modificarse, aunque no sea fácil. Cuando una persona es consciente de lo que está comiendo y sobre todo de la masticación, se facilitará el cambio del hábito. Con nuestra voluntad, constancia y querer hacer, podemos evitarnos en el día a día un problema mayor a largo plazo. Aprende y crea tu propia estrategia y, que este hábito no te cause más problemas.

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